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EL CUENTOMETRO DE MORT CINDER

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1045 • HECHOS E IMAGEN

 

Jueves, 17 de marzo de 2005

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Michelángelo Antonioni (nacido en 1912) Un realizador, un director cinematográfico, es una persona como cualquier otra. Sin embargo, su vida no es como la de cualquiera. Para nosotros VER es un necesidad. Para el pintor, el problema es igualmente de visión; pero mientras que para él se trata de un revelar, de un descubrir, para el realizador el problema es el de capturar una realidad, nunca estática, siempre en movimiento desde o hacia un momento de cristalización, y presentar este movimiento, esta llegada y nueva partida, como una percepción nueva.

No se trata de sonido (palabras, ruido, música) ni de una ilustración (paisajes, gestos, actitudes) se trata en realidad de un todo indivisible que se extiende en una duración propia, determinante de su propio ser. En este punto entra en escena la dimensión tiempo en su mas moderna concepción. Es en este orden de la intuición que el cine puede adquirir un carácter nuevo, ya no meramente figurativo. Gente a nuestro alrededor, lugares que visitamos, hechos de los que somos testigos. Lo que tiene sentido hoy para nosotros son las relaciones espacio-temporales entre éstos, y la tensión resultante de estas relaciones.

Creo que esta es una forma especial de estar en contacto con la realidad, que es además una realidad especial. Perder este contacto, en el sentido de perder este MODO de contactarse, puede significar la esterilidad. De allí la importancia para un director aún mas que para otros artistas, precisamente por la complejidad del material que tiene entre manos, de estar, en alguna forma, moralmente comprometido.

Es casi superfluo señalar que nuestro esfuerzo como realizadores debe ser simplemente el de ajustar los datos de nuestra experiencia personal, según los de una experiencia mas general. De la misma forma que el tiempo individual se ajusta misteriosamente con el del cosmos. Pero incluso este esfuerzo será estéril si no acertamos en dar, por estos medios, una justificación sincera de las elecciones que la vida nos ha obligado a hacer.

El cielo es blanco. La playa está desierta. El mar frío y vacío. Los hoteles blancos y a medio clausurar. En uno de los bancos blancos de la Promenade des Anglais está sentado el bañero, un negro en slip blanco. Es temprano. El sol se esfuerza en emerger tras una fina capa de niebla, la misma de todos los otros días. No hay nadie en la playa, excepto un bañista solitario flotando inerte a unos pocos metros de la playa. No hay nada que oír, excepto el sonido del mar, nada que mirar excepto ese cuerpo que se mece. El bañero baja a la playa y entra a su casilla. Una muchacha sale y camina hacia el mar: lleva una malla color carne.

El grito se oye corto, claro y cortante. Una mirada es suficiente para entender que el bañista está muerto. La palidez de su rostro, la boca llena de saliva, las mandíbulas rígidas en el acto de morder, unos pocos cabellos pegados a la frente, sus ojos mirando, no con la fijeza de la muerte sino con la preocupada memoria de la vida. Su cuerpo está estirado en la arena, con el estómago al aire, los pies separados señalando hacía afuera. En un momento, mientras el bañero intenta respiración artificial, la playa se llena de gente. Un chico de unos diez años, empujando a una niña pequeña de ocho, se abre camino para mirar.
- Mirá -le dice a la chica- ¿ves?...
- Sí...
-dice ella muy despacio,
- ¿Podés ver la escupida sobre la boca?...
- Si..
- ¿Y el estómago hinchado, lo ves? Está lleno de agua...

La niña mira fascinada, en silencio. El chico continúa, con una especie de alegría sádica.
- Ahora está blanco, pero enseguida va a ponerse azul... Mirá debajo de sus ojos... ¡Mirá!, ya empieza

La niña asiente con la cabeza pero permanece en silencio; su rostro muestra claramente que comienza a sentirse mal. El chico se da cuenta de esto y la mira divertido.
- ¿Estás asustada?
- No
-contesta la chica con voz débil
- ¡Sí! - insiste, y continúa casi melódico - ¡Estás asustada! ¡Estás asustada!

Luego de unos diez minutos llega la policía y la playa se limpia. El bañero es el único que queda con el oficial. Al rato, él también se aleja. Una dama de pelo violeta lo llama para su clase de gimnasia... Fue durante la guerra. Estaba en Niza esperando una visa para ir a París a encontrarme con Marcel Carné, con quien iba a trabajar como asistente. Eran días llenos de impaciencia y de aburrimiento, de noticias sobre una guerra que se mantenía inmóvil sobre un absurdo llamado Linea Maginot.

Supongamos que uno tiene que construir un trozo de film basado en estos hechos y en este estado de ánimo. Yo trataría en primer lugar de retirar los hechos concretos de la escena, y dejar solo la imagen descripta en las primeras cuatro lineas. En esa costa blanca, esa figura solitaria, ese silencio hay (creo) una extraordinaria fuerza de impacto. El suceso aquí no agrega nada, es superfluo. Me recuerdo interesado cuando sucedió. El muerto actuó como distracción a un estado de tensión.

Pero el verdadero vacío, el malestar, la ansiedad, la nausea, la atrofia de todos los sentimientos y deseos normales, el terror, la ira... todo aquello sentí cuando, al salir del Negresco, me encontré en esa blancura, en esa nada que tomaba forma alrededor de un punto negro.

MICHELÁNGELO ANTONIONI
Aparecido en "Cinema Nuovo" Nro. 164 y en "Sight and Sound" de Marzo de 1964
Traducido por G. de Carli